Mi primera vez en la Webcam

Para mí, el mundo del entretenimiento para adultos se limitaba a una sola cosa: «PORNO»; vídeos e imagenes interminables de mujeres y hombres teniendo sexo «post – producido» y ciertamente poco estimulante si eres una persona entregada a otro tipo de entretenimiento erótico que va más allá de ver un par de tetas, un culo firme, y un enorme pene erecto.

Así que imaginarán mi sorpresa cuando gracias a un buen amigo mío, de ésos que son pervertidos descaradamente, tuve conocimiento de las plataformas de Vídeo Chat para adultos en las que la gente se masturba mientras tiene una buena conversación. Personas con diferentes tipo de cuerpo, personalidad y nacionalidades, interactuando entre sí, bajo un mismo tema; «EL PLACER PROPIO».

Estaba en shock, y aunque en el momento no quise admitirlo, la idea de ser «sexy en público» me resultaba interesante, pero además, me enloquecía la idea de ganar dinero por ser deseada.

Al llegar a casa, no pude dejar de pensar en ello. Toda la noche la idea rondó mi cabeza. Los paradigmas que tenía sobre «fidelidad» «sensualidad» «sexualidad» «sexo» y «trabajo» temblaron aquella noche mientras, recostada al lado de mi novio, intentaba imaginar ése mundo donde puedes ser quien quieras ser y ganar dinero por experimentar con tu cuerpo mientras otros disfrutan observándote.

Me excitaba tremendamente imaginar a cientos de hombres masturbándose a mi nombre y a otros cientos pagando sólo por hacer conmigo lo que, al igual que yo, no podían experimentar con sus parejas, por miedo a ser vistos como bichos raros (y mira que mis más ardientes deseos, eran realmente pervertidos).

Durante toda una semana investigué en mi horario de oficina, escondiéndome de compañeros curiosos que pudieran asomarse y pillarme en mi «aprendizaje» sobre las plataformas a las que podía ingresar y disfrutar del más «Amateur» de los contenidos porno, hasta que finalmente la oportunidad de vivirlo se dió.

Mi novio iba a ausentarse de casa para un fin de semana, y por supuesto estuve más que contenta de aquella esperada libertad.

Después de despedirlo en el aeropuerto, corrí como si de una emergencia se tratara a uno de ésos «Sex shop» que tantas veces había pasado de largo mientras recorría la ciudad y, sin pensar demasiado, gasté buena parte de mis ahorros en lubricantes, lencería y vibradores. Me sentía como un niño en una tienda de dulces; todo me gustaba, todo lo quería.

Una vez llegué a casa, encendí mi computadora, me apresuré a comprobar mi webcam, mi micrófono, y mi conexión a internet, descargué algún par de canciones «sensuales», me vestí para la ocasión y empecé a registrarme en las páginas en las que quería incursionar.

Para mi sorpresa, no fue tan fácil como creía, después de verificar varias veces mi correo, enviar decenas de fotos de documentos para comprobar mi identidad y sobre todo mi edad, finalmente obtuve mis cuentas.

Mi corazón latía a mil cuando me disponía a pulsar el botón que me pondría «En vivo» con millones de personas al rededor del mundo buscando las pequeñas fantasías que yo estaba dispuesta a cumplir.

Un clic y al instante obtuve decenas de mensajes diciéndome lo sexy que estaba, lo mucho que me deseaban y lo feliz que los haría si me quitaba ése pequeño traje que llevaba encima. Y así lo hice.

Extasiada como estaba, comencé a bailar al ritmo de alguna canción de jazz, subiendo de a poco mi pequeño y ajustado vestido para permitirle a mis «admiradores» deleitarse con mis piernas, luego con mis nalgas y por último con toda mi entrepierna. Luego, con total descaro, llevé mis manos hacia el sugerente sujetador de encaje negro que llevaba y de a poco y contoneándome con toda torpesa, comencé a mostrar mis senos.

El público enloquecía y yo aún más. el sonido de la campanita anunciándome que no sólo recibía halágos sino «tips» por mostrar mis «titis» , me ponía aún más. Olvidé por completo que eran decenas los que me observaban y con total naturalidad perdí la vergüenza de tocarme como me venía en gana y como nunca antes ninguno de mis sosos amantes me había tocado. Mis manos descubrieron partes de mí que jamás me había permitido tocar y de repente me encontré buscando un consolador «John Homes» en mi cama. Entrar y salir a mi antojo, sin respiraciones ruidosas y advertencias de que quedaría a mitad de la faena, me tenía en el clímax perfecto.

¡Me vine como nunca! Y gemí de manera incontrolada por todo el placer que sentía, creo que hasta el portero aquel día se enteró de que como dicen algunos «me hice mujer». Me mojé de tal forma que parecía que hubiera saltado de la ducha directo a la cama, y la verdad es que salté de mi «buena conducta» a la más «Puta» de mis personalidades. Aquella noche repetí mi encuentro unas 5 veces, hasta que cansada pero totalemente extasiada me desconecté para irme a la cama con los mejores orgasmos de mi vida y 300 dólares en mi cuenta.

Mi novio nunca se enteró de mi incursión aquel fin de semana,  aunque como es de suponer, después de aquello la relación se terminó, pues ya no aceptaba cualquier compañía que ofreciera sólo «cojidas a medias».

Ahora ya llevó casi 3 años como Modelo Webcam y no hay nada que recomiende más que vivir ésta primera vez.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *